cuando se pierde el poder
Cuando se pierde el poder
Se cuenta que un día los filisteos reunieron sus tropas para combatir a Israel. En esa oportunidad lograron congregar a muchos hombres y cuando el rey Saúl observó aquel enorme campamento, el terror se apoderó de sus entrañas y se dio cuenta de que su trono pendía de un hilo, al igual que su vida. Desesperado, intentó comunicarse con Yahvé, quien no quiso responderle ni a través de sueños, ni por los profetas, ni viéndose la suerte. Entonces mandó a buscar una pitonisa que invocara a los espíritus de los muertos, a pesar de que él mismo había ordenado expulsar del país a todos los hechiceros y adivinos. No obstante, uno de sus siervos le comentó que había una mujer en Endor que poseía esa facultad. Entonces Saúl se colocó un disfraz para pasar inadvertido y fue a visitarla.
—Vengo para que me contactes con un espíritu —habló el monarca con un tono casi imponente.
—¿No sabías tú que nuestro rey, Saúl, arrojó de esta tierra a todos los que contactaban con los espíritus? ¿Por qué vienes a poner mi vida en peligro al hacerme esta solicitud?
—No te preocupes por eso, mujer. Te juro por Dios que nada te pasará por hacerme este favor —dijo en tono convincente.
Al principio ella se tornó reacia con esta idea, pero luego terminó por ceder ante la solicitud del aquel hombre. Entonces le preguntó que con cuál espíritu quería contactar y Saúl le respondió que con el profeta Samuel.
Cuando la mujer comenzó a entrar en trance, se dio cuenta de que tenía ante sí al mismo Saúl y por lo tanto entró en pánico. Él le dijo que no tenía nada que temer y que cumpliría su juramento de que nada le pasaría por realizar esa práctica.
—Recuerda mujer que yo soy el rey, así que puedes proseguir con tu labor porque nada te pasará —afirmó con voz convincente—. Ahora dime, por favor, ¿qué has visto en el más allá?
Obedeciendo, ella le respondió:
—Observo un espíritu que sube de la tierra…
—¿Puedes decirme cuál es su aspecto? —inquirió con mucha inquietud.
—… Puedo ver a un anciano envuelto en mantos —aseveró ella.
En ese momento Saúl entendió que se trataba de Samuel, así que se inclinó en tono de reverencia.
—¿Por qué osas turbar mi descanso? —retumbó la entidad en tono seco.
—Es que estoy desesperado —respondió con voz temblorosa—. Ya Dios no me contesta cuando acudo a Él, ni a través de los profetas ni de los sueños… Los filisteos nos van a atacar y he podido ver su ejército, es inmenso y poderoso en comparación con el nuestro. Por eso acudo a tu sabiduría para que me aconsejes sobre lo que debo hacer.
—Tú desobedeciste el mandato de Yahvé y por eso Él no quiere que continúes siendo rey; por esa razón nombró a David como tu sucesor, y entregará a Israel y a ti a los filisteos.
—¡Pero mi señor!…
—Sólo quiero que sepas que mañana tus hijos y tú estarán aquí conmigo, y el ejército de Israel será vencido por las fuerzas de los filisteos.
Con esas palabras el espíritu se retiró y Saúl cayó en el suelo víctima de los nervios, además estaba débil porque no había comido nada en toda la noche ni durante el día como consecuencia de la angustia que padecía.
Llegó el día de la cruenta batalla y los israelitas fueron vencidos en el monte de Gélboe. Los hijos de Saúl fueron brutalmente asesinados. El rey, por su parte, fue herido por uno de los arqueros enemigos y, al darse cuenta de que estaba vencido y los filisteos le capturarían, le ordenó a su escudero que desenvainara su espada y lo atravesase con ésta, pero el joven combatiente se aterró con ese mandato y fue incapaz de cumplirla. Así que Saúl tomó su propia espada y se lanzó sobre ella. Al ver que su señor había muerto, el escudero también sacó su arma y se dejó caer sobre la misma.
Así se cumplió ese día lo que el espíritu de Samuel había profetizado a través de la pitonisa.
Saúl es un personaje bíblico mencionado en el primer libro de Samuel que llegó a ser proclamado primer rey de Israel a finales del siglo XI a.C., ya que el pueblo había exigido la presencia de un monarca poderoso que los librara de los constantes ataques de los invasores. Saúl fue un hombre de gran valentía que provenía de la tribu de Benjamín y era hijo de Quis. Después de tomar el trono se distinguió por su valor y combatió con fiereza a los filisteos, amonitas y moabitas. De esta manera logró establecer el orden que tanto anhelaba la población, hasta que un día desobedeció a Yahvé por no haber cumplido a cabalidad el mandato de acabar por completo al pueblo de Amalec y por ese motivo Dios decidió destronarlo para nombrar a David como el nuevo rey que gobernaría en Israel.

