Los ideales antes que todo

Ya el tribunal de los Quinientos había marcado su sentencia. Trescientos sesenta y ocho votos frente a ciento cuarenta y uno, lo condenaban a muerte bebiendo la cicuta. Ésta acusación fue presentada bajo juramento por Meleto contra Sócrates, hijo de Sofronisco de Alópe. Se le acusa de no reconocer a los dioses que el estado  reconoce y de introducir otras nuevas divinidades.
Pero su convicción era firme, pudo haberse retractado y considerarse culpable con lo cual el tribunal  hubiera colocado una pena menor, pero no, sus ideales y su verdad se hallaban sobre todo lo mundano de la época, además era un filósofo y para él, el verdadero filósofo tenía que prepararse para la muerte, y de esta forma le dijo a su discípulo Simias:
—Los que filosofan de verdad, se preparan para morir, y el temor a la muerte para estas personas es casi insignificante.
Alguien le preguntó que por qué no lloraba y se encontraba tan tranquilo, sabiendo que estaba sentenciado a muerte, a lo que respondió:
—¿No sabéis que desde que nací estaba condenado a muerte por la naturaleza?
También cuentan que Jantipa su mujer, le comentó:
—Lo que más duele es que mueras injustamente.
A lo que respondió:
—¿Preferirías acaso que me hubiesen condenado a muerte por haberlo merecido?

La conciencia habla:


Han existido a lo largo de la historia personas que prefirieron morir por sus ideales, antes de ceder a una sociedad equivocada, que tan sólo es manejada por sus intereses personales y por imposiciones de preceptos falsos. Recordemos el caso de la muerte del famoso científico francés Antoine-Laurent Lavoisier, considerado el padre de la química moderna, que fue condenado en tiempos de la revolución francesa a la guillotina por pertenecer a la Ferme Génerate (la principal agencia de recaudación de impuestos del país). Grandes hombres del mundo exhortaron al estúpido juez para que se retractara, a lo que éste respondió:

—La república no necesita sabios.

Lavosier fue guillotinado el ocho de mayo de 1794, cuando tenía cincuenta y un años. Joseph Louis  Lgrange, reconocido matemático de la época, dijo al día siguiente:

—Ha bastado un instante para segar su cabeza, habrá de pasar cien años, para que nazca otra igual.

Pero no solamente estos grandes hombres fueron castigados por una sociedad ignorante, que no supo valorar en su momento el potencial que pudo habitar en estas almas. Así sucedió con la muerte de gran carpintero del amor, Jesús de Nazareth que fue crucificado, y a San Juan Bautista que Herodes le mandó a cortar la cabeza, después de haberlo apresado en la fortaleza de Macaerus.

Han existido a través de la historia muchos casos donde grandes seres que han venido a traernos la luz en las tinieblas que vivimos, han sido cegados por la avaricia y el deseo de poder desmedido de los que creen ser inmortales.

Pero está claro que esta vida es temporal y, nuestro paso por ella es muy corto, sólo estamos de pasada para aprender de nuestras experiencias y del ejemplo de otros más evolucionados que nosotros, tarde o temprano partiremos y nuestros seres queridos también, por eso es bueno aceptar esta realidad y prepararnos para ella, como nos enseñó Sócrates.
Milarepa, el gran meditador de oriente, escribió al respecto:
Llevado por el horror a la muerte, me fui a las montañas. Medité y medité sobre la incertidumbre de la hora de la muerte, hasta captar la fortaleza de la inmortalidad e infinita naturaleza de la mente. Ahora todo miedo a la muerte se ha desvanecido y se ha acabado.

Entender la muerte es vivir la vida con mayor intensidad, aprovechándola cada minuto y cada segundo, consiguiéndole así un sentido filosófico y ético que nos ayude  a cultivar las riquezas que habitan en nuestro mundo interior, y éstas a su vez eleven nuestros ideales. Así llegaremos a reconocer nuestra verdadera naturaleza espiritual y entonces diremos como el Bhagavad Gita:
El espíritu nunca nace y nunca muere: es eterno. Nunca ha nacido, está más allá del tiempo, del que ha pasado y el que ha de venir. No muere cuando el cuerpo muere.